Lima no es Charlottesville



Entre gritos de fraude y amenazas de escasísima gobernabilidad, ambos candidatos apelan al peligro que corre la democracia en manos de su contrincante. No vendo humo de neutralidad: creo sinceramente que PL constituye una amenaza mayor para la misma. Por su parte, aliados de PL esgrimieron acusaciones de fascismo y nazismo en el sentido opuesto. Desde que se quebró el pacto Molotov-Ribbentrop, este término es una suerte de cigarrillo discursivo para la izquierda europea y estadounidense: los calma, pero no lo pueden dejar. La izquierda latinoamericana esbozaba al menos un ápice de originalidad al popularizar con Galeano la deleznable pero popular retórica del anti-colonialismo. No obstante, con la era digital, la mamadera paporretística del baizuo estadounidense se hizo mucho más accesible.


En otras palabras, el repertorio izquierdista-progresista peruano es en buena parte una copia acrítica del libreto del Partido Demócrata estadounidense. Era de esperarse. Dominado el establishment gringo por el discurso levo-progresista, la coordinación los sectores clasemedieros y acomodados, acostumbrados a la fidelidad hegemónica, era fait accompli. Ejemplos palpables fueron la orgánica epidemia de filtros BLM en redes sociales y la histeria por la muerte de George Floyd, simétrica al de otro sector agringado de derecha. Instancias más recientes aparecieron luego de las marchas (para efectos prácticos) keikistas. Primero, capturas de una entonación del himno nacional, donde los asistentes alzaban el brazo. «Saludo nazi», dijeron. No necesito detenerme aquí: el video mismo exhibe el saludo como la típica arenga deportiva. Esta fue luego rápidamente manipulada para aprovechar el pavor que produciría en la agringada progresía limeña.


Si el ejemplo anterior brillaba por su malicia, el siguiente resplandece por su estupidez: las antorchas. Desde luego, un sector consume ávidamente medios estadounidenses como CNN y MSNBC, quienes proyectaron a las marchas de Charlottesville a las cuatro esquinas de la tierra. En agosto del 2017, supremacistas blancos, muchos de corte neonazi, concurrieron a protestar violentamente a Charlottesville, Virginia. Reprochable, con toda seguridad. El problema es asumir que las antorchas blandidas en las marchas de esta semana comparten ese significado. La antorcha es un símbolo iluminista de libertad desde la revolución francesa, adueñado luego por liberales y libertarios. La explicación más parsimoniosa es que algunos parroquianos de la Tiendita Libertaria tomaron a bien usarla un ícono reconocible. Esta teoría requiere mucho menos explicaciones ulteriores que creer que personas de tez morena son supremacistas blancas que apoyan a una nikkei. Ese sería el efecto de preferir coherencia discursiva por encima de adherencia a la realidad. La respuesta esperada a estas alturas es que el libertarianismo es en sí inherentemente fascista, que son fachos camuflados. Para quien sostenga ello, ninguna respuesta es necesaria porque ninguna explicación será suficiente. El astigmatismo ideológico pudo más allí.


Así como las antorchas cumplían una función comunicativa «liberales contra Castillo», aquí y allá aparecieron Aspas de Borgoña: «hispanistas contra Castillo». La reacción a este símbolo no fue menos agringada, aunque ahora con filtro velasquista. Lo hispano es «blanco», opresivo y amenaza la existencia del indígena, el «verdadero peruano». Una vez más, de manera ahistórica la llamarán neonazi y supremacista blanca, basándose (por alguna maroma del intelecto) en su empleo por colectivos como la extinta Acción Legionaria. Tan cierto como irrelevante, el Aspa tiene un origen anterior al fascismo, al carlismo, incluso anterior al nacionalismo. Elemento heráldico alusivo a la cruz de San Andrés, fue incorporado y extendido por la Casa Real de Habsburgo. Como elemento ancestral, es propio de nuestra identidad, les guste o no. El Aspa a su vez es usada en la Iberoesfera como símbolo de fraternidad hispana, que incluye a mestizos, criollos, indígenas y demás razas desde la Península hasta las Filipinas, indistintamente del color de piel. Desde esa «tribu política» menos conocida también se puede rechazar al comunismo y sus vertientes.




Aunque el tuit es reciente, la foto es del 2013.


Sobre el movimiento neohispanista en América podré escribir en otro momento, pero me basta con ilustrar lo exhausto y exprimido de las acusaciones de nazismo o supremacía blanca. Quisiera decir que es inefectiva esa retórica. Ciertamente al grueso de la población no prioriza la amenaza de un régimen fascista o ultraconservador. Sin embargo, lo importante no es el promedio, sino el sector urbano—más bien capitalino—que requiere PL para convocar una movilización masiva en caso sea necesario. Ya sea de manera orgánica o premeditada, este sector mucho más cosmopolita y progresista es el objetivo de estas apelaciones al fascismo y nazismo. Ahí el miedo panfletario cala, y cala hondo.


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