Las abandonadas y un ensayo sobre la modernidad melodramática escrita desde la hipermodernidad


“La ideología es el cine de la sociedad”, dijo, alguna vez, el semiólogo Roland Barthes; así mismo, como le gusta contar al maestro Rafael Aviña, “el cine popular es el retrato más fiel de la sociedad mexicana”. La película Las Abandonadas (1945) de Emanuel “el indio” Fernández, se sitúa dentro de la época de oro del cine mexicano y es un retrato, de alguna u otra forma, de aquella sociedad mexicana que vivía un proceso de transformación modernizadora, tras el fin del gobierno del izquierdista Lázaro Cárdenas en 1940, tomaría el mando uno de los partidos de más amplia trayectoria política en México hasta la actualidad, en ese entonces el llamado Partido de la Revolución Mexicana (PRM) con su presidente Manuel Ávila Camacho y, posterior a su mandato, en el gobierno del ex presidente Miguel Alemán Valdez, se formaría el nuevo Partido Revolucionario Institucional (PRI); de este modo es que el cine de México tomó un rumbo distinto al que inicialmente venía produciendo, así lo explica el maestro Rafael Aviña en su libro Cabaret, Rumberas y Pecadoras En el Cine Mexicano… Ayer y Hoy: “un país de amplia tradición rural documentada por el cine desde sus ranchos a las épicas campesinas que propuso El Indio Fernández se transformaba y se decidía por un cambio cosmopolita”. (2019)

En este contexto de modernización y cambio, además de haber obtenido el apoyo total del gobierno estadounidense en las producciones locales, un género se masificó y no solo fue el fiel reflejo de aquellos años dorados para el cambio del país charro, sino que también significó el nacimiento de un producto de exportación y masificación gracias a su sentimentalismo filoso, a sus sablazos visuales y a su defensa de los valores canónicos de la sociedad mexicana y que era, en gran parte, una sociedad muy paralela a la propia sociedad Latinoamericana. Carlos Monsiváis define en uno de los títulos de sus textos, de manera jocosa, qué significa ver este género en la pantalla grande: “Se sufre, pero se aprende”, lleva de título su gran ensayo que establece las reglas del género principal en la edad de oro del cine mexicano, según, queda entendido, su propio análisis y estudio de este, y continúo citando lo que significa el esquema del melodrama:

“Gira en torno al desencuentro entre felicidad y tragedia, de preferencia de las familias, el melodrama deja que a sus personajes los compensen las efusiones compensatorias de risas y afecto, y antes de precipitarse el final feliz de la desdicha, deposita el sentido de la trama en los nobles sentimientos del espectador (…) compasión, dolor, prepotencia, maldad, inocencia, coquetería, cobardía, irresponsabilidad, resentimiento, generosidad”. (1994)

En este caso en particular, hablando ya de la película Las Abandonadas, se puede rescatar a primera vista un melodrama en el que se encuentra una representación de la “puta Santa1”, que curiosamente, esta prostituta, Margarita (Dolores del Río), quien es la protagonista, defiende los valores morales de la sociedad mexicana de los años cuarenta. En primer lugar, porque sufre durante todo el metraje, pero con la intención de darle lo mejor a su hijo. Un claro ejemplo de la madre mexicana, aquella intocable y que jamás debe ser retratada de manera peyorativa si se trata de proteger a su familia. En el melodrama, como dice Monsiváis, “se acomodan y se ennoblecen los rasgos de la moral tradicional”, como por ejemplo “aceptar a la pecadora” (1994). En segundo lugar, porque es el “espejo del México nocturno” que se iba construyendo poco a poco con la modernización, como aclara Rafael Aviña (2019). Este cine de prostíbulos, que después tomará mayor importancia con el gobierno de Miguel Alemán, significará el auge de una industria del deseo que terminará irrumpiendo en las pantallas mexicanas.

Otro evidente rasgo melodramático de la película del Indio Fernández es el drama o la aventura lacerante, casi interminable, que la protagonista tiene que vivir. Desde la secuencia inicial nos topamos con una mujer que ha sido engañada por un tipo al quien ella considera su esposo, al ser olvidada por este primer amor fracasado, conoce en el prostíbulo a otro sujeto, un militar llamado Juan, quien como si fuese el dueño de Margarita, en un acto inmediato, le dirige la palabra y la lleva al cuarto de un hotel y mostrándole “respeto” decide no mantener relaciones con ella, porque la considera una mujer decente. Aquí ya podemos notar varios rasgos del melodrama de la época. Primero, la mujer como objeto de deseo y, segundo, el hombre es un militar, una representación de la virilidad de la revolución y protector de la sociedad.




En un análisis más contemporáneo de la película y del melodrama en sí, está claro que estamos frente a un género que era importante en la construcción del imaginario social de la época y, que, frente a ello, esto presupone el fortalecimiento de la cultura machista. No solo por los hechos anteriormente citados, sino que, además, el fin de la película no es hacer feliz a la protagonista con relación a su propia persona, es decir, no trata de instalarla en un relato que no busque humillarla ni denigrarla; al contrario, alcanza la felicidad “absoluta” si se quiere decir, solo cuando, en la escena final, su hijo da un conmovedor discurso para defender a otra pobre mujer, quien sería su retrato, quizá, en el tiempo. Pero lo importante está en qué pasó durante toda la historia para que llegue a cumplirse el deseo de la madre con respecto a su hijo: “Que sea un gran hombre, de esos que salen en los periódicos”.

Para que, en efecto, Margarito sea un gran hombre, un abogado estupendo y, sobre todo, exitoso, Margarita tuvo que prostituirse todo el tiempo, tuvo que pasar por la cárcel justo después de haber logrado el tan ansiado ascenso social, otro tema recurrente en los melodramas por ser algo tan codiciado por las personas de la época mexicana (2008), y además, no solo regresa a la vida nocturna acabada, sino que es humillada por los propios hombres quien ya no ven más belleza en ella y deciden “cancelarla”. Ahora es una prostituta más y, en un acto de desesperación para seguir financiando la educación de su hijo, no solo se prostituye a diestra, sino que comete un robo, uno muy pequeño, pero robo, a fin de cuentas. Y el resultado final de todo este trajín, una especie de vía crucis, de ascenso y decadencia, termina en olvido; en abandono. Su hijo, a quien la propia Margarita decide no decirle que es su mamá, ocho años después de haber estado encerrada, es aplaudido por las masas después de dar el discurso; su madre se le acerca, se tropieza, este la mira con cierta cercanía, le toma de la mano y el obsequio que obtiene es una miserable limosna por parte del abogado triunfante. Esto, además de ser un ejemplo perfecto de lo que la escritora Simone de Beauvoir (1987) definiría como “la otredad”, que significa una posición desventajosa para la sociedad frente a el sujeto principal que será su hijo, “el sujeto absoluto”, es también el reflejo de otro tema recurrente en el melodrama, como lo define Monsiváis: “Cuando los hijos se van”, esto es popular en estas películas, porque el público mismo sentía que estaban presentes en la pantalla, “defendiendo los valores sagrados: el amor a la patria, a la madre, a la familia, a los hijos”, es por ello que una de las actrices más importantes del melodrama mexicano, Sara García, dice lo siguiente acerca de esta acotación: “Cuando los hijos se van es una película inmortal, dígase lo que se diga en su contra. Se acabará el cine y seguirá existiendo Cuando los hijos se van, porque en todos los hogares los hijos se van”. El público, al verse retratado en la pantalla, llora, y quienes no han sufrido la partida de sus hijos, pues se preparan.

Curiosamente, para su director, el Indio Fernández, el melodrama en rigor no existe: “La redención a través del llanto y de la entrega no es parte de un género, es, literalmente, la explosión del Alma Nacional”. Recuerdo que, en alguna clase, Jorge Ayala Blanco mencionó que el melodrama significaba para muchos mexicanos, el cine de la sinceridad; es por ello que esta afirmación del Indio resulta simpática y a la vez tan importante para entender una época que llegó a ser exitosa gracias a sus gigantescas producciones populares, pero también de un fuste cinematográfico envidiable. Véase simplemente el lenguaje utilizado en la película, la primera escena, la del beso romántico emplea una secuencia casi Shakesperiana, combinación de planos generales, luego plano conjunto, luego un plano americano, luego plano medio y finaliza con un primer plano, mostrando la belleza de la protagonista.

Las Abandonadas es un melodrama despiadado con su protagonista, una mirada de desprecio recompensado con momentos de amor y cachondeo por parte del militar Juan (Pedro Armendáriz), Dolores del Río es presentada como una prostituta que se degrada por el hecho de ser mujer, pero se la glorifica por el hecho de ser madre. Una mujer, sin dudarlo, preciosa, pero, sin dudarlo, una mujer humillada. El melodrama en el cine minimiza a la mujer, quien es solo valorada por su capacidad de traer hijos al mundo. Es por ello que la película resulta una genial producción, no solo por la historia y los tecnicismos con los que cuenta, sino que es también el discurso de una sociedad que parece muy lejana a nuestros tiempos hipermodernos, como lo llamaría Lipovetsky. “El pasado es el pasado y eso no se borra” se dice en la película y es que, al final, el ciclo se cumple para la protagonista del melodrama, no importó nada, porque al final, fue abandonada nuevamente. Y la propia película, vista años después es el fiel reflejo imborrable de una época de oro que merece ser juzgada con pudor y no con bilis.



Notas: Aviña, R. (2019). Cabaret, rumberas y pecadoras en el cine mexicano. . .ayer y hoy, Ciudad de México. (primera edición). Palabra de Clío. BEAUVOIR, S. (1987). EL SEGUNDO SEXO (1a. ed.). BUENOS AIRES: SIGLO XX. De Los Reyes, A. (2015). DE ALLÁ EN EL RANCHO GRANDE ALOLA LA TRAILERA: MOVILIDAD SOCIAL [Tesis]. Universidad Nacional Autónoma de México. En cine. [Juan Carlos Elías] (26 abr 2008). Melodrama en el cine mexicano [Video]. Youtube. https://www.youtube.com/watch?v=GemMb-4XDMg&t=4s Estrada, O. (2013). Tejiendo género desde perspectivas teóricas y testimonios (Primera edición). Universidad Autónoma de Nuevo León. URL: http://archivo.nl.gob.mx/pics/pages/iem_publicaciones_base/tejiendogenero-iem.pdf#page=168 J, Ayala Blanco. (2017). La aventura del cine mexicano. Ciudad de México: Centro Universitario de Estudios Cinematográficos. MONSIVÁIS, C. (1994). “Se sufre, pero se aprende (el melodrama y las reglas de la falta de límites)”. Archivos de la Filmoteca 16, 7-19 (también en http://www.archivosdelafilmoteca.com/index.php/ archivos/article/view/340 [20/03/2018]).

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