La ciudad de Buenos Aires de Borges y su perpetuación en el instante




En el presente ensayo se analiza el poema “Versos de catorce” de Jorge Luis Borges, el cual pertenece al poemario “Luna de enfrente”, publicado en 1925. En el primer cuarteto tenemos la descripción de una ciudad a través de distintos elementos como lo son sus patios, las calles, las esquinas y los arrabales. Estos, asimismo, son caracterizados como portadores de cualidades de la naturaleza, lo cual indica que tales elementos están conformados o son muy similares a varios fenómenos del mundo natural fuera del alcance de la intervención humana.


El segundo cuarteto abre con un similar ejercicio en el que se asemeja la ciudad a la pampa y luego se nos habla de un regreso desde Occidente, retratado como antiguo. Ello es acompañado de un retorno no solo a la ciudad de la que la voz poética se supone ausente, sino que también incluye el recobrar aspectos al parecer perdidos, como las casas, los almacenes y la luz de ambos.


Por su parte, el tercer cuarteto nos muestra a la voz poética posicionada en lo que llama las orillas, donde toma consciencia de un querer común, lo que la lleva a, desde la punta de poniente, a desangrar su pecho por las abundantes oraciones en forma de salmos que ejecutará. Esto es acompañado por el canto, el reconocimiento de la soledad asimilada como cotidiana y la existencia de un pedazo de pampa, de campo, en medio del patio, la ciudad.


El quinto cuarteto presenta la enunciación de elementos de feria como lo son las calesitas y la noria de los domingos. A ello agrega un paredón que parece generar una ruptura en la sombra, la evocación de un determinado paraíso, que viene de la mano con la presencia tácita del destino en medio de una noche con olor a mate curado.


Por último, el sexto cuarteto indica el presentimiento de la voz de aquellas orillas donde la voz poética se encontraba, cuyas palabras ponen el azar del agua en la tierra y la aventura infinita a las “afueras”, además de un sentido de playa a los campos. El poema concluye con un pareado y con el llamado de la voz poética a retornarle a Dios unos centavos de lo que este le ha otorgado: un caudal infinito.


¿Qué podemos entender por todo lo descrito? Mi propuesta radica en que en el poema podemos encontrar la evocación de Borges de una ciudad de Buenos Aires que ya no existe debido a la llegada de la modernidad y que él trata de rememorar en sintonía con lo que considera es su verdadera esencia. A esto se le suma la conservación de tal evocación en un “instante” del tiempo que se constituye como eterno.


Para empezar, es interesante ver cómo en la primera estrofa Borges evoca una ciudad que podemos entender como Buenos Aires, su ciudad natal a la que siempre regresará en su poesía, pero que recreará de una manera particular. En efecto, esta es descrita como poseedora de “patios cóncavos como cántaros”, “de calles que surcan las leguas como un vuelo”, “de esquinas como aureola de ocaso” y “arrabales azules, hechos de firmamento”. A los lugares físicos, la voz poética les otorga una especie de conexión con el mundo natural, el que se encuentra más allá de la ciudad de concreto construida por el ser humano. Se trata de una reminiscencia a un estado de la ciudad anterior de la llegada de la modernidad. Como señala Beatriz Sarlo: “Borges construye un paisaje intocado por la modernidad más agresiva, donde todavía quedan vestigios del campo, y lo busca en los barrios donde descubrirlo es una operación guiada por el azar y la deliberada renuncia a los espacios donde la ciudad moderna ya ha plantado sus hitos” (1995: 36). Es en los barrios en los que se encuentran los patios, las calles, las esquinas y los arrabales, elementos que para el autor mantienen la esencia de aquella ciudad anterior a la llegada de lo moderno con todas sus letras. Por ello es que estos lugares tienes las características de lo rural, lo campesino. En ellos pervive esta visión idílica de una Buenos Aires que parece a punto de desaparecer por completo y la voz poética lo reconoce porque encuentra ahí la concavidad de los cántaros, los surcos similares a un vuelo, la aureola de ocaso y el firmamento como material creador.


La segunda estrofa inicia justamente con una relación de semejanza entre Buenos Aires y la pampa. “La ciudad que se abre clara como una pampa”, la capital que más que urbana es todavía campo, en la que la pampa sigue teniendo un lugar primordial en su configuración. Esa es la ciudad que tanto añora Borges y que la voz poética se encarga de representar. Pero tal ensoñación solo es posible gracias a que se ha estado afuera. “Yo volví de las viejas tierras antiguas del Occidente” es una clara referencia al regreso de Borges de Europa a Argentina, luego de estar en contacto directo con la cultura occidental, universal, hegemónica, la cual, en lugar de apoderarse de él por completo, le ha permitido tener una perspectiva crítica sobre las transformaciones que atravesaba Buenos Aires a inicio del siglo XX. El proceso de “europeización” que experimenta es visto no con muy buenos ojos por Borges. La voz poética lo expresa de la mejor manera al llamar “viejas tierras antiguas” al Occidente. Con ello se manifiesta el carácter incluso decadente de la Europa de la época, recién salida de una guerra mundial, cuyo proceso de desarrollo difiere en creces del de Argentina, pero que aun así es imitado y reflejado en Buenos Aires. Borges repudia esto y es su capacidad de posicionarse en las orillas, como un marginal en el centro (Sarlo 1995: 18) lo que lo faculta para optar por un modelo diferente que incluya la condición rural propia del país en su evolución y que la voz poética evoca con tanta nostalgia.


Este regreso que se acompaña de una perspectiva crítica es lo que lleva a la voz poética a otorgarse la capacidad de rescatar del olvido y la extinción a esa ciudad que se resiste en los barrios. “Y recobré sus casas y la luz de sus casas / y la trasnochardora luz de los almacenes”. Estos dos versos nos hablan de aquella luz de las casas y los almacenes barriales que, a duras, penas, no se apaga y que traza el camino hacia el regreso. Cecil G. Wood indica que “[…] la ciudad que Borges describe no es la misma que había dejado como niño; que la diferencia de siete años había producido en él una fuerte añoranza y un deseo irresistible de captar la esencia de Buenos Aires tal como la había rememorado con todas sus asociaciones románticas” (811). Esta es la verdadera ciudad de la infancia de Borges que, lamentablemente, ha sufrido cambios con la llegada de la modernidad. Por ello es que la voz poética se esfuerza por materializarla en esas “asociaciones románticas”, como puede ser la luz de las casas y almacenes, esa luminaria en medio de la oscuridad del desvanecimiento de la Buenos Aires soñada.

Al inicio de la tercera estrofa se nos presenta, esta vez de forma explícita, la voz poética se posiciona en las orillas, en ese límite entre la cultura occidental y la cultura nacional en el que ninguna se llega imponer a la otra. Como se mencionó, Borges tiene una visión privilegiada por encontrarse en el centro y desde ahí construye una ciudad que, dentro de todo, no es real, pero que, al considerarla la mejor opción para el desarrollo de Buenos Aires, la voz poética le atribuye un sentido común. “Y supe en las orillas, del querer, que es de todos”, es decir, el cariño hacia esta ensoñación le permite compartirla con todos los ciudadanos, ya que se constituye como la verdadera alternativa. No obstante, no es una construcción realista. Lo que hay es “un acto de imaginación urbana que remite a una ciudad disputada por las huellas del pasado y el proyecto de modernización” (Sarlo 1995: 38). La descripción de Buenos Aires que propone la voz poética solo es un acto de imaginación que se encuentra a medio camino entre el pasado y el presente, de la que, si bien se pueden rastrear ciertos elementos que sobreviven en los barrios, está más absorbida por la modernidad. Hay un fuerte deseo por aferrarse a esta imagen idílica. “Y a punta de poniente desangré el pecho en salmos” indica las constantes oraciones desde la “punta de poniente” (las orillas) por el mantenimiento de esta construcción. No obstante, a fin de cuentas, se tiene consciencia de la realidad. Cuando la voz poética dice “y canté la aceptada costumbre de estar solo” es porque se procede a la aceptación de la futilidad del intento de establecer la imagen de ensueño como hegemónica. Wood nos muestra que “este fuerte deseo del poeta de trascender la realidad concreta mediante los elementos simbolizados que le facilitan la entrada en su mundo irreal, se ve dificultado por la presencia insistente de la misma realidad” (812). Esta constante insistencia de lo real se simboliza en el “retazo de pampa colorada de un patio”. El pasado, representado en la pampa, sigue existiendo a duras penas, como un retazo en medio del patio, cada vez más cercano a desaparecer por la inminente llegada de la modernidad, la nueva realidad.

Con el inicio de la cuarta estrofa se observa la inclusión de un tema imprescindible en la construcción de esta realidad particular de Buenos Aires: el tiempo. La voz poética señala “dije las calesitas, noria de los domingos”. Esto es una clara remembranza a la infancia de Borges, a las atracciones destinadas al disfrute de los más pequeños. Su presencia reafirma el carácter pasado de la imagen idílica que construye Borges por medio de la voz poética. Clelia Moure apunta: “Como la identidad y la materia, el tiempo puede diluirse […] Cada momento es inseparable de su aparente ayer” (2013: 248). A partir de esto podemos afirmar que la visión idealizada de Borges puede persistir hasta su presente porque el tiempo se diluye y convive con los hechos del pasado. La ciudad de la infancia de Borges, con sus características rurales y en profunda relación con la naturaleza, juntos a las memorias de juegos en atracciones y demás no es un recuerdo perteneciente al ayer, sino que por medio de su poesía la voz poética lo trae al ahora para darle mayor vigencia que nunca.

Entonces queda claro que la ciudad de los recuerdos de Borges no tiene lugar en la realidad. “Y el paredón que agrieta la sombra de un paraíso, / y el destino que asecha tácito, en el cuchillo,” son los versos que la voz poética enuncia como la inminente confrontación de la modernidad agresiva con ese “paraíso”, la visión idílica propuesta. Esta posee la “condición de la fatiga y del recuerdo, materia subjetiva e ilusoria” (Wood 2013: 255) y termina siendo impedida de materializarse por el paredón y el destino siempre acechante, penetrante como un cuchillo: el inevitable avance del tiempo y los cambios que conlleva. Todo sucede en pleno estado de consciencia. Mientras la visión idílica perdura como en “la noche olorosa como un mate curado”, el destino que asecha se aproxima cada vez más.

A pesar de todo lo expuesto, en la quinta estrofa ocurre el suceso que permitirá la existencia de esta visión idílica de la ciudad y su trascendencia. La voz poética narra: “Yo presentí la entraña de la voz las orillas, / palabra que en la tierra pone el azar del agua”. Aquí se ha presente nuevamente “las orillas”, ese carácter dual de Borges de partícipe de la cultura universal y nacional y posicionado al centro de ellas. Esta voz trae el azar a la materialidad de la tierra para descubrir el campo en los barrios de la ciudad, por lo que lo extirpa del agua, donde reina lo inmaterial y difuso. Con este ejercicio la ciudad de Borges cobra una mayor presencia con el objetivo que se manifiesta en los siguientes versos: “y que da a las afueras su aventura infinita / y a los vagos campitos un sentido de playa”. La voz de las orillas le permite a Borges transformar esta ciudad imaginada en un instante en el tiempo que escape del tiempo. Víctor Vich define el instante como “un momento de verdad que vence la finitud del tiempo y que no puede borrarse” (2019: 5). Ya que no es posible posicionar la ciudad de Borges en la realidad, la voz poética decide constituirla en unos de esos instantes que tanto interesan al autor y que permiten que ciertos hechos perduren por siempre. Es este instante el que le da a las afueras (la visión idílica) su aventura infinita (eternidad). Así, los campos de esta ciudad obtendrán el sentido de la playa: festivo y luminario más allá del tiempo.

Ya para finalizar, el pareado restante tiene un sentido de gratitud. Cuando la voz poética dice “Así voy devolviéndole a Dios unos centavos / del caudal infinito que me pone en las manos”, podemos entender el agradecimiento de Borges a Dios o, en todo caso, a la razón, por facultarlo de la capacidad de posicionarse en ese centro que son las orillas y permitirle colocar a su Buenos Aires imaginada en ese instante en el que “el tiempo sucesivo es abolido pues surge algo que parece ser el signo de una especie de eternidad” (Vich 2019:14). El tiempo ha sido interrumpido por ese “caudal infinito” que reside en las manos de Borges y que, si bien no encuentra espacio en la realidad, sí lo hace en el apartado de la trascendencia donde, sin dudas, tendrá una mejor apreciación y perduración.




Bibliografía:


BORGES, Jorge Luis

2011 Poesía completa. Editor digital: Titivillus.


SARLO, Beatriz

1995 Borges, un escritor en las orillas. Buenos Aires: Ariel.


VICH, Víctor

2019 “La gesta épica (y lírica) del bisabuelo de Borges”. Variaciones Borges. Número 48, pp. 3-16.


WOOD, Cecil G.

2016 “Calles, arrabales y ocasos: puntos de contacto entre dos mundos de Borges”. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Pp. 811-814.


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