• Adrián Torres John

El discurso unificador que falta

Es imposible comprender la historia de un país tan compleja (y, por temporadas, polémica) como la de los Estados Unidos de América sin aludir al término del “excepcionalismo”. Este hace referencia a un sentimiento compartido a nivel nacional, inscrito en la mentalidad colectiva, de que dicho país no sólo es singular, extraordinario y especial (lo cual no se aleja de un patriotismo común), sino que, junto con ello, se le entiende como una nación que tiene un cometido frente al resto del mundo.



Dicha misión recae, de un lado, en la difusión y asentamiento en todo el globo de los pilares que sostienen el desarrollo del territorio en cuestión, tales como la economía de libre mercado o la igualdad ante la ley. Por otra parte, también abarca la consecución de la paz mundial, lo cual, según el discurso, sólo podría ser logrado por Estados Unidos. El detalle se encuentra en que ambas metas justifican el recurrir a cualquier medio, incluso si se trata de un intervencionismo militar.


Independientemente de las innumerables críticas que se puede hacer sobre el discurso excepcionalista, lo cierto es que este ha servido como base para la unificación de buena parte del país (con excepciones, naturalmente). Tanto es así que incluso, a lo largo de su historia, en la dicotomía imperialistas – antiimperialistas, ambos bandos partían de la aceptación de la singularidad de Estados Unidos. Los primeros justificaban la irrupción bélica en territorios ajenos al propio con diversos fines, tales como la “pacificación” a raíz de la idea de que su nación tenía el cometido de garantizar “el orden mundial”. Por su parte, los segundos, al tiempo en que rechazaban el intervencionismo, sostenían que su nación debía dar el ejemplo a los demás países a través de la gestión interna.


En el Perú, país cuya historia mantiene múltiples similitudes con la de Estados Unidos (ambos habiendo atravesado un proceso de colonización con sus particularidades), se encuentra ante un escenario muy distinto. Si bien ambos comparten que poseen grupos sociales fraccionados, la diferencia yace en que en el primero carece de un discurso unificador que trascienda cualquier diferencia, ya sea de índole política, cultural, económica, etc. Ante ello, cabe plantear la siguiente pregunta: ¿qué elementos debería tomar una posible prédica peruana como punto de inicio?


La respuesta podría ser encontrada en la diversidad que caracteriza al Perú: la diversidad de pensamientos políticos que, al ser compartidos y conversados, dan pie a propuestas innovadoras; la diversidad de culturas que enriquecen el paisaje social; la diversidad de perspectivas históricas que se complementan unas con otras; la diversidad económica que convierte al territorio en un escenario con distintas oportunidades de emprendimiento; y la lista continua indefinidamente.


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