Análisis – Conflicto en Colombia: ¿quiénes son los malos?



Las protestas iniciadas en Colombia, teniendo como epicentro la ciudad capitalina de Bogotá, se han visto incrementadas en violencia, número de heridos y muertos, densidad de participantes (por ambos bandos) y, lamentablemente, el retiro del proyecto de reforma tributaria que se aprobó durante el gobierno de Iván Duque, el cual, entre otras medidas, apuntaba a ampliar la base tributaria en la forma de establecer nuevos impuestos para elementos básicos (el agua, la luz, los servicios fúnebres, el gas, etc.), establecer un cobro a todos aquellos que recibiesen un sueldo mensual de más de 663 dólares (en un país que el sueldo promedio es de 234 dólares), entre otros, no ha solucionado nada. Actualmente, de un lado, las fuerzas militares se encuentran utilizando tanques en las calles y fuerza mayor en la forma de disparos a los ojos o la utilización de químicos que pueden producir quemaduras notorias. No obstante, por otro lado, los manifestantes, conformados, principalmente, por estudiantes pertenecientes a la clase media, también han sido autores de actos de desenfreno, como lo fue atacar el Congreso de la República e incendiar una comisaría con diez policías adentro.


En medio de este panorama, es necesario poner sobre la mesa un conjunto de cuestiones, entre las que figuran las siguientes: ¿quiénes son los verdaderos “malos” de la película”? ¿Esto podría haberse evitado tan sólo no implementando la reforma tributaria? ¿la causa es inmediata o se remonta a una raíz más estructural económica o política? El presente análisis apunta a profundizar, principalmente, en la primera de tales preguntas, teniendo como ambos bandos a los civiles manifestantes y a las fuerzas del orden (fundamentalmente, militares).


En primer lugar, la aplicación de una reforma tributaria como la que proponía el gobierno de Iván Duque, en un contexto como el que está viviendo Colombia actualmente, resulta ser prácticamente inviable. En 2020, el PBI de Colombia cayó un 7%, el paro laboral superó el 16% y la pobreza monetaria alcanzó el 42,5%, y, finalmente, Colombia es el tercer país de Latinoamérica con más casos de Covid (2,9 millones de infectados y 75 mil fallecidos), siendo únicamente superada por Brasil y Argentina. En este contexto, en el que la Economía se encuentra gravemente afectada, la imposición de nuevos impuestos, en lugar de abogar por una reducción de procesos burocráticos para iniciativas económicas privadas y fomentar un libre mercado (lo cual funcionó a la perfección en el marco de la Alemania luego de la Segunda Guerra Mundial y en China después del ascenso de Deng Xiaoping), resultó ser un factor que posicionó a la población en una situación de dificultad muy grande para mejorar económicamente. Las manifestaciones, en ese sentido, pueden estar justificadas.


En cuanto a la reacción de los civiles, estos (no en su totalidad, naturalmente) no han escatimado en violencia contra las fuerzas del orden y tampoco contra la infraestructura y establecimientos públicos, como el ya mencionado Congreso de la República. Evidentemente, ataques de esa magnitud pueden significar, en la mayoría de los casos, una escalada de violencia puede resultar ser letal en varios sentidos, incluyendo para la vida de funcionarios públicos. Aún así, la frustración, el enojo y la reacción puede ser entendida, a pesar de que nunca estará justificada.


En segundo lugar, por la parte de las fuerzas del orden (en especial, de los militares), es menester comprender un aspecto que, usualmente, suele dejarse de lado, y que concierne al apartado de la psicología colectiva. Cuando se habla de los militares de Colombia, es necesario recordar que se está haciendo referencia a un cuerpo de personas que fueron formadas y crecieron en constante miedo y guerra contra los guerrilleros de las FARC. Ellos aprendieron, tanto por la formación en los cuarteles como por el propio miedo que genera saber que uno se está enfrentando a personas armadas con intención de asesinarte, a reaccionar de maneras drásticas de forma instintiva justamente por miedo e instinto de supervivencia.


Al tener en cuenta esto, aparece la siguiente pregunta: con dicho pasado, trayectoria, vivencias y, posiblemente, secuelas psicológicas ¿es posible que estos militares sean capaces de marcar una diferencia entre manifestantes descontentos y sus recuerdos de los combates contra guerrilleros? Quizá un conjunto de ellos sí, pero otros, definitivamente, no puede, y es por ello por lo que, tarde o temprano, la reacción de parte de los militares colombianos también resulta ser desproporcionada. Nuevamente, la respuesta es entendible, mas no (y nunca lo estará) justificada.


En base a todo lo anteriormente bosquejado ¿es posible encontrar a un bando “bueno” y otro “malo”? ¿Hay “víctimas” y “victimarios”? ¿O son, en realidad, todos víctimas de un contexto histórico y sociocultural, en el cual el miedo y la violencia como forma de respuesta está plasmada en la mentalidad colectiva? ¿Se trata de una situación concreta o de un problema estructural, amplio y que posee múltiples aristas? El formato puede encontrarse también en Perú, con la respuesta de los militares ante los protestantes civiles durante los tiempos de Merino, la cual, evidentemente, no puede ser justificada, pero sí entendible al reflexionar que esos mismos militares fueron aquellos que se formaron en un contexto de terrorismo y crecieron con el miedo a Sendero Luminoso, miedo que formó el instinto de supervivencia que, lamentablemente, se traduce en violencia desenfrenada.


No hay blanco y negro, sino una escala de grises. No hay buenos y malos, sino personas, todas ellas con sus propios trasfondos y, por encima de ello, una mentalidad colectiva, basada en su historia y contexto sociocultural, que aún mantiene la violencia como parte del día a día y de lo que es “normal”. El resultado: situaciones como la que está ocurriendo en Colombia. El problema es mucho más profundo y de largo aliento.


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