A PHOCÁS el campesino: la fatalidad de la conciencia de las sensaciones



El poema “A PHOCÁS el campesino” de Rubén Darío, perteneciente al poemario “Cantos de vida y esperanza”, es un soneto que desde su primer cuarteto nos habla de un campesino de nombre PHOCÁS, quien tiene solo unos meses de vida. Sin embargo, a pesar de su corto tiempo como recién nacido, la voz poética ya rastrea en sus ojos “dolores” que desembocarán en muchos llantos, producto de la capacidad de pensar que posee el bebé. Mi propuesta radica en que el poema debe ser entendido como la racionalización de Darío de la fatalidad de la existencia producto de la conciencia de las sensaciones.


Para empezar, el texto puede leerse desde dos ángulos. Cuando Darío menciona el nombre PHOCÁS es posible relacionarlo con el emperador bizantino que reinó entre los años 602 y 610, cuyo mandato fue no solo corto, sino también complicado y finalizado en desgracia con su muerte. No obstante, aquí PHOCÁS no es un emperador, sino un campesino. Es más, es un recién nacido que aún no se ha enfrentado al mundo. ¿Por qué Darío lo coloca de esta manera? Hay que entender que el modernismo, dentro del que se enmarca este poema, tiene una profunda dimensión cosmopolita, de conexión con el resto del mundo. Los modernistas intentaban hacerse uno con el universo, fusionarse con este o, en palabras de Octavio Paz, la “armonía ideal: alma del mundo; en su seno todos y todo somos una misma cosa, una misma alma” (1980: 38). En esa búsqueda de los poetas de este movimiento por asimilarse en un solo núcleo que eliminara las fronteras, el término campesino con el que nombra a PHOCÁS puede entenderse como esa desconexión del bebé con el mundo o, mejor dicho, con los dolores del mundo propio de las sensaciones.


En el segundo verso de la primera estrofa se nos indica los “escasos meses de vida” del pequeño y que, a pesar de esto, ya tiene “tantos dolores en tus ojos que esperan tantos llantos”. La sinestesia, característica vital del modernismo, se presenta en esos dolores en los ojos, en esa fusión de elementos al parecer opuestos, pero que, en esa búsqueda por la asimilación con el mundo, por “la nostalgia por la unidad cósmica” (Paz 1980: 38) se funde en tal riqueza rítmica.


Ya en el último verso de esta estrofa leemos que ese dolor que le espera a PHOCÁS es producto del “fatal pensar” que revelan sus sienes. Este pensar no es otra cosa que la conciencia de estar vivo. Si bien el pequeño todavía no es consciente de su condición de ser humano con la capacidad de sentir, solo por el hecho de existir se entiende que pronto la desarrollará y entrará en el reino de las sensaciones. Los modernistas exaltan estas por ese deseo de identificarse con el mundo y asimilarse con el universo. Su poesía, el uso de las sinestesias y la riqueza de los ritmos busca afirmar no el alma del poeta, sino la del mundo (Paz 1980: 28). Pero la intención de hacer de las sensaciones un absoluto encuentra problemas por el reconocimiento de que “toda sensación es ya una forma de conciencia” (Guillermo Sucre 1990: 35). El ser humano es limitado y está cercado por la muerte próxima. Mientras se vive también se está perdiendo la vida por el paso del tiempo. Esa conciencia es el entendimiento de las limitaciones que tenemos por alcanzar aquella plenitud de volvernos uno con el universo. En esa línea, aquí también encontramos una crítica del propio Darío a las intenciones del modernismo y a las intenciones que él mismo tuvo en sus trabajos tempranos. Hay un reconocimiento de los límites y una crítica a esa ingenuidad con la que los modernistas buscaron la unidad total.


Aquel dolor solo es reconocible una vez que se tiene conciencia de estar vivo y como parte del mundo. Por lo tanto, cuando la voz poética indica “tarda en venir a este dolor adonde vienes”, hay un deseo por mantener a su hijo en ese estado de inconciencia previo a la entrada en el entendimiento de estar viviendo. Es como un pedido por intentar ahorrarle el sufrimiento de la conciencia de las sensaciones, lo cual termina siendo inevitable. PHOCÁS llegará de todas maneras a reconocer las sensaciones del mundo y, por ello, experimentará el dolor de la conciencia de sus limitaciones. Este “mundo terrible en duelos y en espantos” es el que le tocará enfrentar el joven PHOCÁS. Cuando llegue el momento, dejará su condición de campesino y se integrará a un universo conflictivo. Tal es su destino, así como lo fue el del emperador bizantino que tuvo que experimentar muchos enfrentamientos crueles y desgarradores. De igual manera, nuestro PHOCÁS atravesará los dolores de la conciencia de las sensaciones, de las que la voz poética ya tiene conocimiento y trata de advertirle en un tono bastante pesimista por la incapacidad de cambiar el resultado final. Por eso es que, mientras aún sea un pequeño recién nacido, puede dormir “bajo los Ángeles” y soñar “bajo los santos”. El estado de inconciencia en el que permanece lo protege de los horrores futuros y la voz poética ruega porque pueda gozarlo lo más posible, ya que luego le dice que “ya tendrás la Vida para que te envenenes…”. Es decir que, al tomar conciencia, al entrar en el mundo, la vida, poco a poco se irá envenenando, enfrentándose a ese dolor y sufrimiento impostergables.


Conforme llegamos a la tercera estrofa, vemos que continúa el pedido de la voz poética hacia PHOCÁS por gozar lo más posible de su tiempo de inconciencia. “Sueña, hijo mío, todavía”. Aprovecha esa temprana fase que te protege de los horrores del mañana. Luego de esto, se nos presenta un reconocimiento de la voz poética como el autor de las penurias futuras del adulado. “Perdóname el fatal don de darte la vida” indica, como culpándose de su destino, el que “hubiera querido de azul y rosas frescas”. Y es que Darío, en sus obras anteriores, ha intentado alcanzar esa reconciliación con el universo, esa “inmersión en la armonía del gran Todo” (Paz 1980: 46). La exaltación previa de las sensaciones por los modernistas tenía el objetivo de asimilarse al mundo. Empero, Darío ya ha sido testigo de las limitaciones propias de la conciencia y de la inminente llegada de la muerte. Él, sin duda, esperaba alcanzar aquel estado de unificación armoniosa con el gran Todo, al punto de que “toda noción de tiempo desaparezca” (Sucre 1990: 35), pero ya conoce que no es posible. Por ende, se culpabiliza por el porvenir al que ha condenado a su pequeño, aunque aquello no fuera su intención, sino el de sus ideales modernistas que ya conoce fracasados.


Finalmente, en la última estrofa, a pesar de todo, hay como un atisbo de esperanza que recae en PHOCÁS. “Tú eres la crisálida de mi alma entristecida” le dice la voz poética al hijo aludido, con lo que lo señala como su protector del fatal destino que parece inmodificable y que ya ha sido asumido. Darío es un alma entristecida, ya que sus intentos por ser uno con el cosmos han fracasado, pero se rehúsa a aceptar tal fatalidad. Cuando se menciona que “y te he de ver en medio del triunfo que merezcas”, es cuando cobra más sentido el aspecto guerrero de PHOCÁS y sus semejanzas con el emperador bizantino. Se sobreentiende que el triunfo le llegará al joven en el futuro, acaso la unificación tan ansiada por Darío, producto de su gran coraje y constantes luchas contra los sufrimientos de la vida. El verso final, “renovando el fulgor de mi psique abolida”, pareciera referirse a que, con la victoria de PHOCÁS, el padre logrará él también la tan ansiada reconciliación y unidad cósmica. Esto debido a que, conforme a los intereses modernistas de asimilación, todo el universo se correspondería en ese orden escondido debajo de tanto caos que salta a la vista. Cada uno de nosotros seríamos parte de un todo y estaríamos buscando la forma de regresar a esa unidad, fin para el que la poesía existe. Si PHOCÁS fuera capaz de conseguirlo, Darío igual. Sin embargo, al recordar el trágico final que encontró el emperador bizantino, muerto y derrocado de su puesto, esta ilusión por la concreción de las aspiraciones modernistas no pasaría de eso de un deseo que se sabe imposible.



BIBLIOGRAFÍA:


Paz, Octavio. “El caracol y la sirena.” En: Cuadrivio. México D.F: Joaquín Mortiz, 1980.


Sucre, Guillermo. “El universo del verso de su música activa.”. En: La máscara, la transparencia. Ensayos sobre poesía hispanoamericana. México DF: Fondo de Cultura Económica, 1990.


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